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La Coctelera

Charlas con un misántropo

Un pesimista es un optimista bien informado

18 Agosto 2011

Charlas con un misántropo. Diezmar.

13 octubre 2010


El misántropo aparta de sí el libro, empujándolo suavemente hacia el centro de la mesa. Él y su amigo lo miran con cierto arrobamiento. Ambos aman los libros. No ya por su contenido, sino por el continente en sí. Hay libros que valen más por fuera que por dentro. Pero se les perdona. Se sabe que no son culpables de la iniquidad del humano, y que su función es generosa, al margen de aquellos que no han comprendido la verdadera misión del escritor y de los libros.

--Es curioso--dice el misántropo--que una profesión tan hermosa como la del historiador, esté tan prostituida. Hablamos de prostitución sin saber verdaderamente cuál de ellas es la verdadera. Me ocurre con los periodistas.

--¿No te ha gustado?--pregunta el amigo, refiriéndose al texto.

--No está mal, pero no quiere profundizar. La mayoría de ellos se creen más profesionales por mostrarse asépticos y descoloridos. Aparte de que unos llevan en la sangre la mentira, y otros el afán de lucro.

--¿Qué leías?

--Pasajes de Roma. Creo que nuestra civilización sigue siendo romana. No hemos superado su brutalidad, ni su sabiduría torcida.

El amigo coge el libro y lo hojea. Le causa placer sentir el papel biblia entre sus dedos, y el olor que desprende.

--¿Te refieres a algo en concreto?

--Más bien a todo. Pero sí, me ha sorprendido el tratamiento superficial que  le da a la figura que describe como "diezmar".

--¿Referida a una gran mortandad?

---¡No! referida a la práctica seguida por el ejército romano con aquellas unidades que no se comportaban como se esperaba de ellas, ya fuera en valor o lealtad.

El amigo asiente.

--Te refieres a castigar aleatoriamente a uno de cada diez.

--Exactamente. Recuerdo que leí hace tiempo una escena sobre ello. Colocan a  la unidad al borde del puente, de espaldas al borde, y cada nueve, arrojan al décimo al vacio.

--Salvaje.

--Y pérfido. Y curioso.

--¿Ya se te están desbocando las neuronas?

--Más bien sí, porque sorprenden muchas cosas. Primero. Si la unidad es culpable, ¿por qué aleatoriamente uno de cada diez?

El amigo abre los ojos, casi alarmado.

--¿Querrías más sangre?

--Simplemente me pregunto por qué. Lo normal es castigar a los culpables. Y como no espero generosidad de semejante disciplina castrense, me pregunto la causa de tanta economía.

--Quizás para eso, para no perder soldados.

--Mmmm, sí, claro, pero parece que hay algo más sibilino detrás, creo...

El amigo sonríe como quien confirma una certidumbre. Ve a su amigo como un cuerpo normal, pero que tiene una particularidad, su figura arroja más sombras que las de cualquier otro cuerpo. Pareciera que su placer reside más en crear confusión que en aportar soluciones. Seguramente no tendría inconveniente en reconocerlo asi.

--¿Y qué es eso tan sibilino?

--Roma actuaba siempre ejemplarmente. No en el sentido de propagar la virtud, sino en el sentido de crear precedentes que advirtieran a los demás sobre qué podía ocurrir en determinadas situaciones. La práctica de diezmar creo que tiene un contenido más político que castrense.

--¿Qué ves de más en una práctica que se define por sí sola?

--Po sí sola no. ¿Por qué uno entre diez?

--Ya lo dijimos, economía.

El misántropo mueve la cabeza negando. Hay testarudez en su expresión:

--No, no buscaban sólo economía en el castigo. Creo que buscaban  incertidumbre...

--¿Incertidumbre?

--Sí. Creo que el poder omnimodo la necesita. Castigar al culpable es un acto casi de justicia... Pero el poder absoluto va más allá de crear leyes y aplicarlas. En sí comporta una limitación, aunque se le llame autolimitación. El hombre no se autolimita; al hombre lo limitan los otros.

--¿Casi?

--Dejémoslo en casi...  Castigar arbitrariamente es una demostración de poder absoluto. Pero un poder absoluto arbitrario puede reventar por algún costado. Sin embargo, en esta práctica, se mezcla castigo justificado, ya que la culpable es la unidad como cuerpo, con algo de arbitrariedad, en cuanto que nadie puede creer en una homogeneidad tan compacta que haya movido a todos a realizar la misma falta. Los mandos se muestran duros,  pero no al extremo de mover a la rebelión.

El amigo hace un gesto de duda.

--Muy pérfidos, si es así.

--Además, hay algo más.

--¿...?

--Si condenas a una unidad al completo, esta se defenderá en bloque, ya que si todos han de morir ¿qué importa hacerlo defendiéndose y luchando? Sin embargo, si ajusticias a uno de diez, nueve esperan la posibilidad de la suerte, de librarse... Ah, estos romanos, que mal antecedente para los tiempos posteriores.

El amigo asiente:

--En parte tienes razón. Similar, pero en otra línea, siempre me ha sorprendido, por ejemplo, la supuesta "docilidad" de los esclavos.

--Sí, es extraña. Yo también lo he pensado

--¿Imaginas el régimen de terror que habría para que aquellos hombres, una masa dura y en muchos casos militarizada por ser exmilitares, sometiéndose al poder de otros hombres?

--Sí, en estas páginas--el misántropo coge de nuevo el volumen y pasa las hojas rápidamente--se nos escatima mucha información, y lo que puede que sea más importante, muchas emociones.

--¿Las del terror?

--Las del terror..

--Y...--el amigo guarda silencio para crear expectación--, y... seguro que piensas que tales métodos han sido trasladados al presente.

--Lo extraño es que no los hayan heredado.

--Es decir, nueve libres, uno condenado, y mucha aleatoriedad...

--Más o menos. Es el poder del miedo. Cualquier cosa puede pasar si caes en las redes de los oscuro.

--Las redes de lo oscuro. Suena novelesco.

--Quizás porque los novelistas se han atrevido a describir lo que los historiadores han hurtado.

--No cabe duda de que el hombre juega con el miedo, y las sociedades aún más. A veces pienso que esa crueldad con los animales que tanto comentamos refleja dos cosas: una, por supuesto, barbarie, insensibilidad crueldad, maldad; pero otra, más calculada, una advertencia para que atisbemos de lo que somos capaces. Hay un cartel del siglo XIX que está muy bien: estratifica todas las clases en una gran pirámide, y en la base del sufrimiento sitúa a los animales. Es decir, que no los excluye como un elemento de la sociedad.

--Sí--conviene el amigo--, que importantes componentes de horror incorpora  la civilización a sus presupuestos.

El misántropo deja el libro:

--Y cuanto cosas se nos hurtan en estas páginas.

--Pues no debería ser así--dice el amigo.

--¿El qué?

--Tanta ignorancia. ¿Acaso la clase trabajadora no guarda memoria de lo que ha sufrido, e aún incluso sufre.

El misántropo reflexiona:

--Lo saben, pero quizás teman ser "diezmados". Eso está ahí, en lo que llaman memoria colectiva, y que a veces más bien parece desmemoria estúpida.

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